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El Engaño
Jamás olvidará el primer día que la vio pasar por delante de sus
ojos. El cabello tenia el color que tiene un atardecer justo antes de la
puesta de sol. Sus labios eran tan carnosos como la mordida de un
melocotón fresco y sus ojos, almendrados, tenían el color que tiene la
noche. Para él, el tiempo se detuvo, se alargó como en esas ocasiones en
las que parece que el mundo deja de girar y todo desaparece: los
sonidos, las imágenes….todo.
Pasaron unos días y no pudo evitar buscarla como el cervatillo que busca
a su madre. Fue entonces cuando ocurrió, habló con ella y el destino
hizo que, al no tener nada que perder, una casualidad, si es que las
casualidades existen, hiciera que ella le sonriera.
Desde aquel momento él se limitó a tirar de la caña que había lanzado y
de la que pensaba que solo debía tirar. Veía que el pececillo se
acercaba lentamente pero sin resistencia. De vez en cuando trataba de
escapar, pero era de manera tímida, y sin mucho afán. Por fin llegó a la
orilla y el pensó que había conseguido su trofeo. Lo tenía en el cesto.
No se lo podía enseñar a nadie puesto que estaba prohibido pescar, pero
a el le daba lo mismo: por fin era suyo.
El tiempo pasó, los días, los meses y lo que en principio fue su mayor
logro se iba convirtiendo en su mayor pesadilla. Las cosas se
complicaban y aunque el seguía viendo aquella mujer que paso por delante
de él e hizo que se parara el tiempo, no era mas que un espejismo que el
se había fabricado de algo que pudo ser y que nunca sería.
Con el tiempo se dio cuenta de que él no había pescado el pececillo mas
preciado, sino que él era el pececillo que había caido en las redes que
ella había lanzado
Galván |