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El emigrante

… las fechas y la hora no eran propias de mucho movimiento y el vagón tenía bastantes plazas libres. El asiento de enfrente lo ocupó un hombre de unos treinta y tantos años. Saludó, se sentó y no dijo ni palabra durante media hora, solo miraba por la ventana del tren a ningún sitio. Quedaban tres horas de viaje y decidí hacer algo para que parecieran menos; le comenté que iba a tomar café y le ofrecí. Con gesto de indiferencia lo aceptó y aquel silencio sepulcral fue dando paso, poco a poco, al intercambio de frases sueltas. Pero conforme el tren se introdujo en los túneles que atraviesan el puerto de montaña, aquél hombre inició un relato que mantuvo hasta el final del trayecto:
“soy emigrante, vine hace tres años a España porque necesitaba salir de inmediato de mi país, antes de cometer una locura. De niño no pasé hambre pero mis padres eran muy exigentes y me hicieron estudiar duro … caminaba cinco kilómetros diarios para ir a la escuela …en el camino se me unía un compañero de clase que sí pasaba penurias en su casa y yo compartía mi bocadillo con él … hicimos todos los años de escuela juntos y llegamos a ser dos inmejorables amigos … siempre tenía que estar ayudándole, con mi corta economía, porque aún no trabajábamos y disponíamos de lo que los padres nos daban …
Años después inicié el trabajo por mi cuenta. Pronto tuve gran número de clientes y acabé formando una empresa. Me casé.
Como la situación económica de mi amigo de toda la vida no cambiaba, le ofrecí trabajar a mi lado. Le deposité absoluta confianza en sus quehaceres en la empresa.
Mi mujer venía a la empresa cada vez con más frecuencia. Un día fui fuera de mi horario habitual de trabajo y … allí estaban: los dos, mi querida esposa y mi mejor amigo, muy juntos, muy unidos, bueno ya sabe.
Antes que cometer una locura, tomé el primer avión que pude, destino a cualquier parte y aterricé en este país. Aquí trabajo y estoy establecido.
… sé que la empresa de mi país la han cerrado por ruinosa y no sé si habrá deudas a mi nombre …
… mi mujer me localizó y me llamó la semana pasada … dice que sigue enamorada de mi … que quiere venirse a vivir conmigo … que viene la semana próxima …
… tendré que hacer cambios en el piso que vivo … es muy pequeño …”
Llegamos al fin del viaje y el tren se detuvo. Aquel hombre dijo “chao” y enmudeció. Abandonó la estación caminando por los andenes mirando a ninguna parte.

El viajante

 

 
 
 

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Luis Gálvez

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