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Autostop
… siendo mediodía y siguiendo mi hábito de detenerme cada doscientos
kilómetros, pensé que era oportuno comer algo, en la barra, algo ligero.
Aparqué en el rincón ya conocido para mí y vi de unos treinta y tantos
años cada una, en muy buena forma, dos mujeres dando cortos paseos por
el aparcamiento, junto a la entrada del hotel restaurante, cosa que no
me llamó la atención pues la gente estira las piernas, en general,
cuando se detienen en los viajes.
Salió un hombre. Se dirigieron a él. Le comentaron algunas palabras. Los
tres se subieron a un coche y se marcharon.
Entré y pedí algo para comer en la barra, frente a la puerta. Habría
unas treinta personas; animado pero no aglomerado para el sitio que es
muy amplio. Cinco minutos después oigo a mis espaldas que me pregunta un
caballero:
- “¿No ha visto salir dos mujeres?”
- Por esta puerta no. Por la del fondo, junto a la tienda y servicios no
lo sé.
- “¿Ah, hay otra puerta ...? Es que he llegado y dos mujeres que estaban
en la puerta me han preguntado si las llevaba, que su coche tenía
avería. Les he dicho que sí. Hemos estado comiendo y al terminar se han
levantado para ir al servicio y no han vuelto. Hace ya veinte minutos
por lo menos.
- ¿Las comidas están pagadas? Le pregunté.
- ¿Las tres comidas? ¡no!.
- Pues páguelas y márchese si no quiere perder el tiempo, le aconsejé.
Terminé mi comida en la barra, pagué y reanudé mi camino. Mientras me
dirigía a la puerta el hombre, que no había dejado de ir i venir a los
servicios, se me quedaba mirando con mirada perpleja.
El viajante |