|
Santiago de
Chile, fin de
semana.
VIERNES
Tomamos
tragos por la
tarde en un bar
cerca de la
universidad de
Camila. Bebemos
cartones de un
vino
espectacularmente
barato (y que
resulta ser
bastante mejor
que el vino
barato que bebe
uno en
Barcelona). Pago
en solitario
algún que otro
cartón y
abastezco de
tabaco al grueso
del grupo. Por
europeo,
supongo. Somos
siete personas,
seis compañeros
de carrera de
Cami (tres
chicas, tres
chicos) y yo. El
bar está lleno a
reventar y suena
como la
inminencia de
una hecatombe.
Las mesas son de
madera y crujen.
Bebemos. Cami, a
quién todos
llaman Cocó y
que es un cielo,
no para de
decirle a sus
amigos que la
novela que estoy
escribiendo va a
ser grandiosa.
Me refiero a que
literalmente no
para de decirlo.
Les dejo a todos
mi libreta para
que anoten cosas
que valga la
pena ver en
Santiago, ya
sean monumentos
o discotecas,
museos o bares.
La cosa empieza
bien pero a
medida que nos
animamos las
hojas se llenan
de chistes
privados,
direcciones de
correo
electrónico,
números de
celulares,
slogans
políticos,
frases célebres
de autores
latinoamericanos,
manchas de vino,
dibujos de
cabezas y
brazos, inicios
de relatos que
nadie continúa.
La libreta
entera acaba por
parecer el
reflejo de la
mente de un
psicópata.
Nos movemos a
casa de Jorge,
uno de los
chicos, cerca de
la estación de
Moneda. Seguimos
bebiendo y a
medianoche
bajamos a la
piscina de la
sala de
ejercicios del
edificio. El
portero
protesta, pero
al contrario de
lo que sucede en
las fiestas en
Barcelona o
Madrid, no le
hacemos mucho
caso. Por un
momento, veo al
pobre portero
como al típico
personaje
secundario de
comedia
generacional,
cómico e
irremediable a
su pesar: es el
contrapunto, la
idea de orden
que no nos
alcanza, el
marco contra el
que se refleja
nuestra--como
diría el
poeta--juventud
descarada.
Junto a la
piscina, que
cubre lo
suficiente como
para que no te
mates si te
lanzas de
cabeza, hay de
máquinas para
hacer ejercicio
con aspecto de,
digámoslo así,
antiguas, y que
borrachos como
estamos no
sirven para nada
(aunque alguno
que otro lo
intenta). Nos
desvestimos, nos
lanzamos al
agua. Soy una
década más viejo
que Camila y
varios años
mayor que la
mayoría de los
presentes, pero
igual chapoteo.
Me sumerjo.
Salto. Corro de
un lado a otro
de la piscina y
nado como una
perra en celo
(No es nada
sexual, es que
no sé nadar).
Jugamos a cosas
a las que no
jugaba desde la
época en que
intentaba
convencer a todo
el mundo de que
eso que tenía
encima del labio
era un bigote y
no una
pelusilla, y en
fin, me
divierto. Para
ser jóvenes y
artistas y estar
en la capital,
comparados con
los de Madrid,
estos chilenos
no se drogan
nada. Beben
mucho,
verdaderamente
mucho, pero de
lo otro nada,
apenas fuman
unos “pitos” de
marihuana.
Marihuana y para
de contar
(propuesta
transatlántica
de
entretenimiento:
que algún
chileno pruebe a
salir de fiesta
por España y se
acerque a
alguien y le
pida “un pito” a
las tres de la
mañana. O lo
meten en un
psiquiátrico o
lo meten a
árbitro)
Casi todos los
gays presentes
muestran en
algún momento
alguna clase de
interés por mí.
Ninguna de las
mujeres
presentes da la
más mínima
muestra de estar
interesada.
(Todo esto es
una tradición
que arrastro
desde España: Si
yo hubiera sido
gay, me habría
sido difícil
conciliar un
trabajo y una
vida normal con
mi vida sexual.
Me habría
hinchado a
follar de una
forma grotesca.
Habría muerto,
como Felipe
González, aunque
él hablaba de
otra cosa, de
éxito. Como
hetero, en
cambio, hay que
admitir que no
le he dado
demasiadas
alegrías a mi
bando. Mi
delgadez
histérica y mis
ojos grandes, mi
cuerpo de niño
desnutrido de
treinta años,
tienen un éxito
nada
despreciable en
el universo gay.
La mayoría de
hombres
heterosexuales
no entienden que
alguien como yo
pueda resultar
atractivo. Ni a
hombres ni a
mujeres ni a
dios padre
nuestro señor.
Resulto para
ellos algo así
como el rival
débil, esa cosa
sin tórax que
habla más bien
poco, alguien a
quien ni
siquiera tener
en cuenta en
caso de
competición. Eso
es una ventaja,
está claro, o
debería haberlo
sido, de haber
sido yo un poco
más espabilado
en lugares como
discotecas o
clubes. Pero ese
es otro tema).
De vuelta en el
departamento de
Jorge viene más
gente y traen
pisco, y pruebo
finalmente el
pisco con coca
cola. Paso buena
parte de la
noche hablando y
bebiendo vino
con Christopher,
un compañero de
universidad de
Cami que se
parece a Nick
Drake (un
parecido que
aumenta a medida
que bebo, hasta
el punto en que
llego a tener la
sensación de
estar hablando
con Nick Drake).
Es un tipo
divertido y
espigado, de
charla
agradable, que
escribe textos
en los que Van
Gogh habla en
primera persona.
Caigo poco, pero
caigo, en mi
habitual
tristeza de
mitad de la
fiesta (esa
ausencia de
sentido que le
agarra a uno en
mitad de la
diversión y la
locura).
En algún punto
las horas se
vuelven
líquidas, se
escurren rápidas
y borrosas,
manchando de
vino la
madrugada y la
alfombra de
Jorge. La
distancia hasta
la comuna la
Reina se me
antoja imposible
y me acabo
quedando dormido
sobre la
alfombra.
Cuando despierto
tengo más
treinta y un
años que cuando
me acosté. Tengo
una resaca
adulta, una
resaca con
acento de
Valladolid y
tarjeta de
visita, una
resaca mucho más
acorde con mi
edad que con mi
aspecto. Viene
acompañada de
una mala leche
cósmica,
universal.
Compruebo que
han pasado
cosas. Por
ejemplo: mis
gafas de sol de
patilla blanca
que si le echas
ganas recuerdan
a las gafas de
Elvis y si no
pues no, han
muerto por
aplastamiento,
un homosexual
encantador que
me ha dejado
libros de
Lemebel se ha
sentado encima.
Los chicos
siguen en la
casa,
distribuidos
aquí y allá,
fumando pitos o
durmiendo. Son
las once de la
mañana chilenas
y decido volver
a la Reina.
Salgo a la calle
sin mis gafas de
sol y compruebo
que sí, que mi
reseca es
ciertamente
espléndida,
compendio y a la
vez homenaje a
la LA RESACA. Un
bloque de
cemento en el
centro de mi
cabeza, enorme y
des sincronizado
con respecto a
mi propio
movimiento. Si
yo me muevo a la
izquierda, el
bloque se
desplaza a la
derecha,
golpeando con
estridencia mi
cavidad craneal.
Si me detengo en
un semáforo, el
bloque sigue
hacia delante
llevado por la
inercia.
Camino por la
avenida
Libertador
Bernardo
O’higgins sin
acabar de dar
con la siguiente
combinación
simple: quiosco
abierto donde
comprar prensa y
cafetería
abierta donde se
pueda fumar.
Primero una
cosa. Luego la
otra. No pido
más. Quiero un
diario chileno
para envolverme
la cabeza y la
resaca mientras
las sumerjo en
litros de café.
Quiero también
un váter.
Necesito
expresarme. Lo
necesito
Lo que sí
consigo son unas
gafas de sol
nuevas en un
puesto de venta
callejero.
Entro en un
comercio. Pido
un croissant. Me
dan un tíquet.
Tengo que ir con
el tíquet al
otro lado del
comercio. En el
otro lado del
comercio me dan
otro tíquet
conforme les he
entregado el
primer tíquet.
Vuelvo a donde
empecé y entrego
el segundo
tíquet. Me dan
el croissant.
Salgo a la calle
y lo muerdo.
Queda
automáticamente
insertado en mi
dentadura sin
posibilidad
alguna de ser
masticado. Lo
arranco de entre
mis dientes y lo
tiro a la
basura.
Compro una
magdalena, o lo
que en mi tierra
llamamos
magdalena y aquí
Muffin. Miro
hasta tres veces
la fecha de
caducidad de
esta cosa con
aspecto y
textura de
magdalena pero
con sabor de
infancia
desgraciada
porque no me
creo que esté en
buen estado. Lo
tiro a la
basura. Tengo un
ataque de
esnobismo de
barrio de clase
media alta
barcelonesa que
crece y se
transforma en un
ataque de cólera
contra todo
Santiago (contra
todo Chile en
realidad, este
país con forma
de espagueti
lanzado contra
la encimera para
ver si está ya
al dente, con
cordilleras de
suspenso en
geografía y
temblores de
tierra
homosexuales).
Encuentro
finalmente un
café. Me acerco
a la barra y
pido (ruego,
imploro), que me
sirvan el café
más cargado que
haya habido
jamás sobre la
tierra. Entro en
el lavabo pero
no hay papel de
váter, de hecho
apenas hay
váter, hay que
fijarse para ver
la taza. Salgo y
pido “papel
confort“, entro
de nuevo justo a
tiempo para
descubrir que el
pisco resulta
ser un laxante
excelente.
Ya de vuelta del
infierno, tomo
el café
(cargado,
maravillosamente
cargado), y me
relajo leyendo
prensa. Como un
sándwich de ave
con queso. Me
entero en la
sección de
cultura de La
Tercera de que
Ray Loriga da
una charla hoy
en la feria del
libro de
Santiago, y
decido que iré a
verle.
Al salir del
metro, ya en
príncipe de
Gales, busco la
referencia con
la que suelo
orientarme para
coger bien mi
calle y no
acabar caminando
hasta la
frontera con
Argentina:
Piñera,
pensativo y
esquinado,
diciéndole a los
narcos lo que
piensa hacer con
ellos, lo poco
que les queda de
alegría si llega
al poder
(¿porqué los
eslóganes de la
derecha se
parecen siempre
tanto en todas
partes?). Una
vez sé dónde
está Piñera
poniendo firmes
a los narcos, ya
sé dónde está mi
casa. Así
funcionan las
cosas.
Llego a mi
departamento sin
mayores
problemas.
SÁBADO
De nuevo en
el piso del
Jorge. Camila y
yo llegamos
tarde, o lo que
a mí me parece
tarde, cerca de
la una y media
de la madrugada
(cinco y media
de la madrugada
en mi país y en
mi cabeza). Al
vernos entrar,
el portero
corrió a
decirnos sus
cosas de portero
(los vecinos se
quejan, los
carabineros
vienen, la vida
no vale la
pena).
Tomamos vino del
que hay en la
casa y del que
Cami y yo
trajimos de la
Reina (Lo
compramos en un
comercio que era
todo verjas y
distancias y
desconfianza, y
un engorro para
pagar y sujetar
la compra a la
vez. “Atienden
así, con la
verja cerrada,
para que no les
roben“, dice
Cami).
“Es Halloween“,
dice alguien.
¿dónde vamos?
Hay un tazón con
sangre falsa (Ketchup,
azúcar y no sé
qué) expectante
y amenazante
sobre una
estantería. Hay
discusiones un
tanto infantiles
acerca de quién
pone la música y
qué tipo de
música y durante
cuanto tiempo.
No todos ponen
canciones pero
todos, incluido
yo, participamos
en las
discusiones, que
en general
entretienen más
que la música.
Fumamos como
carreteros,
especialmente un
servidor (Hay un
chileno que se
muere en todos
los paquetes de
tabaco de
Santiago.
Siempre el
mismo. Como fumo
unos dos
paquetes y medio
de veinte
cigarrillos al
día, es de lejos
la persona a la
que más he visto
y con quien más
he tratado desde
que llegué, si
bien se trata de
una relación
unidireccional.
Es un señor
mayor.
Cabizbajo. Tiene
cara de que sus
hijos hace
tiempo que no le
visitan. Tiene
un tubito de
plástico
saliendo de la
nariz que le
conecta a algo
que o bien es
una tetera
antigua o bien
una bombona de
oxígeno). Somos
ocho personas en
la casa. Algunos
se duermen o
parece que se
duermen. Al rato
despiertan,
conversan,
toman, duermen
de nuevo. Hay
protestas por lo
tarde que es,
todos quieren ir
a algún sitio
pero no acaban
de ponerse de
acuerdo. El
proceso de
movernos acaba
siendo lento y
repleto de
amagos y falsos
intentos.
Salimos con la
intención de ir
a comprar
“pitos” a unos
conocidos de
Jorge, son cerca
de las cuatro de
la mañana. Doy
por supuesto,
cuando dicen
“vamos a ir en
auto”, que
alguien más
aparte de Camila
tiene coche (el
razonamiento es
simple: somos
ocho personas.
En cada coche
cabe un máximo
de cinco
personas. Vamos
a ir en coche.
Vamos, por
tanto, a ir en
dos coches).
Subimos los ocho
en el coche de
Camila.
Jorge nos lleva
a un sitio que
más tarde
alguien me
explicará que
era “Santa rosa
con Coquimbo“.
Nadie me explica
en el momento
qué tipo de zona
es. Alguien ha
traído el bote
de sangre y nos
pintamos durante
el trayecto
porque Daniela,
una de las
chicas, ha oído
decir que la
fiesta donde
vamos es más
barata o quizá
gratuita si
vamos
disfrazados.
Todos parecen de
acuerdo en que
mancharnos la
cara con esa
mezcla de
Ketchup y
edulcorante
equivale a
disfrazarse.
Nadie hace caso
de mis protestas
y acabo tan rojo
y viscoso como
los demás. Trato
de parecer
enfadado pero se
me escapa la
risa. En cuanto
llegamos al
cruce de calles
acordado, una
melé de tipos
sin camiseta y a
buen seguro
armados (Y
quiero decir: A
BUEN SEGURO. Y
quiero decir:
ARMADOS) surgen
de la nada
corriendo en
dirección al
coche y haciendo
señales que en
cualquier país
del mundo
quieren decir
PARA y quieren
decir también
AHORA. Alguien,
no lo recuerdo
bien pero creo
que Cami, dice
“cerrad los
seguros, subid
las ventanas“.
Jorge dice “no
pasa nada, yo
los conozco, no
pasa nada“. Nos
piden, aunque
quizá pedir no
es el verbo
adecuado, que
bajemos del
coche. Hay dos
tipos heridos en
la acera. Uno
tiene un disparo
en la pierna.
Otro un navajazo
en la espalda.
Ninguno de los
dos parece estar
muy grave,
aunque si hay
algo en el mundo
de lo que
seguramente no
sé nada es de
navajazos y
disparos.
Quieren que los
llevemos al
hospital. Cami y
Carla, que van
en el asiento
delantero, se
quedan en el
coche. Los
heridos llegan
hasta el auto
sangrando pero
por su propio
pie. De repente
los tipos
reparan en
nuestras caras.
Nuestras caras
están llenas de
sangre. Alguien
pregunta que si
hemos tenido un
accidente. Por
un momento,
vista desde
ellos, la
situación debe
haber sido: ahí
vienen esos
tipos que acaban
de abrirse todos
la cabeza con el
auto a llevarnos
a nosotros al
hospital, porque
nos han baleado
y acuchillado.
Un chico
verdaderamente
joven que
resulta ser
hermano de uno
de los heridos
(o que al menos
se refiere a él
sin parar como
“mi hermano mi
hermano”) me da
la bienvenida a
Chile cuando le
comentan que
recién llegué.
Le doy las
gracias.
Esperamos
sentados en la
acera a que
vuelva el coche.
Algunos de los
tipos se acercan
por turnos a
agradecernos la
ayuda y a
intentar
conseguirnos los
pitos. Daniela
dice sin parar y
sin que nadie se
lo haya
preguntado que
su pelo rubio es
teñido, que no
es para nada
natural (Al
parecer, según
la leyenda, este
tipo de animales
sin camiseta del
intestino grueso
de Santiago
tienen alguna
clase de
preferencia por
las mujeres
rubias). “Soy
teñida, de
verdad, esto no
es mío. Mira,
¿ves?, aquí
debajo es
negro”, dice. Yo
le pregunto a la
persona sentada
a mi derecha--y
aunque pretendo
que suene a
broma creo que
no doy con el
tono
adecuado--¿esto
sucede cada fin
de semana?,
¿esto sucede
cada fin de
semana?.
-- Se portaron
bacán. Uno decía
“aprisa, duele,
aprisa, duele”,
pero se portaron
bien--me dice
Cami, cuando
finalmente nos
recoge.
Nos movemos
hacia el bar
Mala Vida, en
los alrededores
de (o quizá en
la propia) calle
buenos aires.
Voy sentado
encima de un
tipo de lo más
simpático que se
llama Néstor, y
que apenas se
queja del
entumecimiento
en la pierna
izquierda
producido por mi
peso. No se
queja,
seguramente, por
buena educación.
Y porque debe
estar más
concentrado en
el
entumecimiento
de su pierna
derecha,
provocado a
ratos por Jorge,
a ratos por
Daniela.
Al bar Mala Vida
le quedan unos
treinta minutos
para cerrar. Nos
hacen precio:
mil pesos por
persona (apenas
un euro y poco),
pero nadie
quiere pagarlos
por tan poco
tiempo. Alguien
dice “fiesta en
Seminario”, y
volvemos al
coche. Pasan
autos de los
carabineros y yo
diría que nos
ven. Que ven a
ocho locos con
la cara llena de
sangre
abarrotando un
Hyundai blanco.
Pero no nos
paran. No nos
gritan. No dicen
nada. Sentado
sobre Néstor,
con la cara roja
y viscosa,
conversando,
pienso “estás
demasiado viejo
para esto.
Asúmelo, para
esto estás viejo
ya” .
Sigue
divirtiéndome la
forma de
tratarse de los
amigos de Cami.
Carecen de ese
grado de
retentiva ( ese
filtro mínimo)
al que estoy
acostumbrado (y
desde que llegué
a Santiago soy
especialmente
consciente de
que eso es a lo
que estoy
acostumbrado).
Cuando a uno de
ellos le molesta
un comentario
parece de verdad
enojado, pero al
momento se le
pasa, y así con
todo. Nadie hace
el más mínimo
esfuerzo por
equilibrar su
expresividad o
sus palabras.
Que se me
entienda: No es
que en Barcelona
yo me dediqué a
salir con
ancianas que
toman todo el
día té y llevan
puesta por cara
una máscara de
rigor mortis.
Pero sí que
estoy
acostumbrado a
que si alguien,
por ejemplo,
insiste en hacer
una broma que ya
ha dejado de
tener gracia, tú
vas y lo dices.
Quiero decir que
simplemente lo
dices. No saltas
como si
quisieras
matarle a él y a
toda su familia.
No al menos como
primera
reacción. No sé
si me explico.
De hecho lo
estoy releyendo
y yo diría que
no. En fin, que
son muy
expresivos. Y
que toda esa
expresividad
instantánea me
resulta (me lo
resulta al menos
borracho y con
un ojo tapado
por la sangre
falsa que me
gotea desde el
pelo) auténtica.
Y que vamos en
coche. Y que
somos ocho. Y
que viva el
pisco. Y que lo
estoy pasando
bien.
La fiesta en
Seminario ha
terminado cuando
llegamos. Hay
gente amontonada
en la puerta y
gente saliendo
del local. Hacen
comentarios
sobre nuestro
aspecto. Son las
cinco y media de
la mañana
chilenas.
Alguien dice
“hay un after en
calle Brasil“, y
volvemos al
coche.
El áfter en
calle Brasil
resulta ser una
casa antigua,
oscura y
gigantesca,
llena por
completo de
tipos con
aspecto de ser
todos muy malos,
haber crecido en
la calle y estar
buscando pelea.
El suelo es de
madera y más que
temblar se dobla
con los saltos y
los pasos de
baile de la
gente.
¿Te gusta el
sitio?, pregunta
Camí.
- Como
reformatorio sí.
Mientras espero
a que me sirvan
en la barra un
pisco cola (hay
que esperar, la
policía está
fuera, no se
sirve hasta que
se vayan),
asisto a una
pelea. Es
rápida. Básica,
simple,
escasamente
coreográfica. En
los ambientes
por los que
acostumbro a
moverme nos
amenazamos. Nos
decimos cosas
como “tú a mí no
me conoces”; o
bien “tú no me
has visto
enfadado“; o
bien “no te
pases un pelo“.
Nos empujamos.
Ponemos cara de
infectados por
un virus militar
descontrolado.
Pero a las manos
se llega poco.
Poco y mal
(Cuando nos
amenazamos
tanto, lo que en
realidad estamos
esperando es que
alguien nos
separe sin haber
llegado a pelear
y sin haber
quedado como un
cobarde). Esta
pelea es en
cambio
automática.
Carece por
completo de
ritual o
introducción.
Dos miradas,
puñetazos, un
tumulto, gente
que corre. Fin.
Es aquí, en la
barra, esperando
mi pisco, donde
tengo mi
primer--y dadas
las
circunstancias
absolutamente
inverosímil--flashback
chileno.
Pero lo más
impactante y sin
duda divertido y
el motivo por el
que me lo
acabaré pasando
increíblemente
bien hasta bien
entrada la
madrugada es
que:
En la sala
principal, todos
los chicos malos
y todas las
chicas salvajes
están bailando:
a) Britney
Spears; b)
música
tradicional
chilena; c)
salsa.
¿Alguien en su
sano juicio
imagina una Rave
clandestina en
un caserón a las
afueras de
Madrid o en una
masía abandonada
cerca de
Barcelona en la
que la gente lo
de todo bailando
Paquito el
chocolatero?
¿Alguien imagina
a un montón de
tipos duros y
ombligos de
mundos oscuro y
la fiesta
alternativa
bailando a
Britney Spears?
Daniela y Jorge
me sacan a la
pista. Jorge es
un tipo que hace
trabajos
creativos
mezclando
fragmentos de
libros y
conversaciones
del mesenger, y
también es un
tipo estupendo.
La gente a veces
se sorprende y a
veces se ríe de
nuestras caras
ensangrentadas,
que están cada
vez más secas y
grumosas. Bailo
considerablemente
mucho teniendo
en cuenta mi
biografía, soy
incapaz de dejar
de reír, y acabo
haciendo un
montón de nuevos
amigos a los que
seguramente
nunca más
volveré a ver.
(nota final:
después de una
noche con
peleas,
navajazos,
disparos,
amenazas y
trafico de
drogas acabo por
estar apunto de
morir…..abriendo
la ventana de mi
cuarto. Dada su
ubicación, es
imposible abrir
o cerrar dicha
ventana sin
subirse encima
de la cama. Como
ya he dicho, el
colchón tiene
una forma
deliciosa de
hundirse por
varios sitios.
Como ya he
dicho, bebimos
bastante durante
la noche. Fue
apoyar un pie
sobre la cama y
(lo juro) verme
a mí mismo
cayendo,
gritando en el
aire,
aplastándome
contra la acera.
Me agarré, no sé
muy bien cómo
dado mi estado,
al marco de la
ventana.
No tardé en
quedarme
dormido.
Dormí de un
tirón y como un
angelito.
Cristian Alcaraz
|