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Cristian Alcaraz, diario personal

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Diario de chile, 3.

La noche del jueves 29 de octubre asisto a mi primer temblor de tierra chileno. Es un temblor infantil, escasamente masculino, como si un niño de tres años jugara a intentar moverme el escritorio. El temblor me coge donde y como debe: escribiendo y con un cigarrillo entre los dientes, bebiendo vino chileno de madrugada y en calzoncillos.

Callejeo con Camila por el centro de Santiago el mediodía del viernes, después de desayunar y pasear por la comuna. (una cosa: desayunar por aquí no es precisamente fácil. Ricardo hoy no estaba y decidí desayunar fuera. La Reina no va sobrada de cafeterías. En Barcelona es imposible caminar cien metros sin encontrar un bar, una cafetería o un restaurante. En realidad es imposible caminar cien metros sin encontrar un bar, una cafetería Y un restaurante. Aquí no sólo es posible si no en ocasiones agonizante. Especialmente recién levantado. Desayuno fuera de casa desde que dejé de gatear, pero no parece que en Príncipe de Gales haya mucha gente que comparta esa costumbre. Además, la cafetería--por llamarlo de alguna manera--más cercana a mi departamento es un McDonald’s, con su idéntica en cualquier lugar del mundo arquitectura de McDonald’s, algo así como si al arquitecto le hubiera sobornado o amenazado de muerte una empresa de excedentes de plástico para que lo usara indiscriminadamente en la construcción. Un McDonald’s en el que por supuesto no se puede fumar).
Gran parte del centro de Santiago tiene aires de mujerona vieja o de puta digna. Hileras de casas de una altura saltable con pértiga, a veces incluso sin pértiga, esquinas de boulevard de barrios bajos de Los Ángeles, puestos de venta ambulante (y aquí estos puestos resultan espectacularmente ambulantes. A veces tiene uno la sensación de que ni siquiera llegan a estar quietos). Hay una suciedad alegre, etérea y difícil de explicar, como si a todo le faltara una última capa de políticamente correcto, o como si fueran los edificios y las calles y no las personas quienes se pasaran la vida fumando. Las construcciones típicas de Santiago--esas casas de una o dos plantas, con grietas y maderas viejas, con verjas y vallas oxidadas--hacen pensar en esas caras mezcladas con arena y barro que se les quedan a las personas que han vivido toda la vida trabajando la tierra, esas arrugas y marcas que son en sí biografías. Algo así parece recubrir gran parte de la ciudad.
Otra cosa del centro de Santiago: La maderas crujen. Hay madera. Mucha. Cruje. Uno sube una escalera de madera y la escalera cruje (y al parecer, escaleras de madera hay unas cuantas). Uno camina sobre un suelo de madera y el suelo cruje (y al parecer, suelos de madera hay unos cuantos). Los marcos de la ventana de mi pieza son de madera y no sólo crujen, hacen un (perturbador) sonido de tranvía cada vez la abro. Quiero decirlo: La madera en España no cruje. La madera en España dejó de crujir hace mucho tiempo. En las grandes ciudades por lo menos. Quitamos la madera de muchos sitios, y allí donde la dejamos le enterramos los crujidos en barniz, se los plastificamos y estilizamos hasta hacerlos desaparecer. Chile cruje. España no cruje. Es una diferencia. Es importante.
Después de hacer un poco de turismo, Camila me lleva a su universidad, la universidad de Arcis, donde ella y sus amigos estudian actuación teatral (aquí es una carrera. Cuatro años). La facultad se parece, más que a un edificio de y para estudiantes, a una casa okupa cualquiera de Barcelona. Se compone básicamente de construcciones a las que podríamos llamar o bien hangares o bien barracones, en los que al parecer se ensaya y se hacen todo tipo de ejercicios, y de otro tipo de espacios más cercanos a la idea estándar de un “aula“. Todo el mundo aquí viste como si pasara su ropa por una trituradora antes de ponérsela, o como si intercambiaran entre ellos jirones de ropa arrancados en plena crisis de ansiedad. Me siento en la terraza con Cami y sus amigos, me pongo las gafas de sol una y otra vez (porque Cami no hace más que quitármelas) y fumo como un carretero. Todo resulta sorprendentemente poco oficial y universitario. Me choca de entrada (si bien no resulta desagradable, más bien al revés) la ausencia de distancia en el trato. El trato entre ellos pero, sobretodo, el trato de ellos conmigo. Ya sé que suena a tópico--la proximidad y calidez sudamericanas--pero resulta ser cierto. Yo he estudiado en la facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad autónoma de Barcelona, en Bellaterra. Y en una escuela de literatura en Madrid. Allí hay una distancia. No estoy hablando de una cuestión física o no estoy hablando sólo de una cuestión física. Hablando o caminando por un pasillo, la sensación de tumulto o invasión que da el alumnado es otra. Y por supuesto, la distancia con respecto a alguien que te acaban de presentar es muy otra. Esta inmediatez, esta cercanía instantánea, descoloca y divierte (estoy intentando evitar expresiones como “espacio vital” o “invasión de espacio vital”. No sé porqué estoy intentando evitar expresiones como “espacio vital” o “invasión de espacio vital”)
Cuando acabo el paquete de tabaco lo tiro al suelo con un disimulo europeo del que al momento me avergüenzo. Aquí no hay un centímetro de suelo vacío (sin un trozo de madera, botella, lata o envase de comida). Aquí hay un gallo que alguien ha dejado tirado por ahí y que cacarea como si le fuera la vida en ello. Hay alguien clavando unas maderas rectangulares encima de otras maderas rectangulares con un martillo. Hay ensayos de danza que parecen terapias de grupo para epilépticos. Hay movimiento y gritos y olor a comida. Hay cartones de vino y gente vendiendo comida y DVD‘s. Hay gente que se levanta y se abraza, se sienta y se dispersa. Pero yo tiro el paquete de tabaco vacío como si me fuera a abroncar mi madre, y sólo cuando nadie me mira.
Por toda la universidad hay carteles electorales de Arrate, el candidato comunista a la presidencia del gobierno (al parecer llego a Chile justo en el inicio de la campaña electoral). El cartel es una foto de tres cuartos del propio Arrate, sin mucho truco, con la palabra “Allende” escrita al fondo. Supongo que Allende, como Perón en argentina, sigue siendo un fantasma vivo, algo que aún mueve conciencias en una dirección o en otra. Camila me cuenta que Arrate (que aparenta tener la misma edad que el comunismo en sí) es (como seguramente lo sería en casi cualquier facultad relacionada con alguna materia artística de mi país) el candidato preferido de la gente de su universidad.
Al salir me llama la atención algo. Algo en lo que no me fijé al entrar. Hay una puerta de entrada, y una puerta de salida. Ambas están separadas por una barra metálica. Hay un vigilante junto a la barra. Este lugar es un caos enorme, todo parece siempre en movimiento, en construcción o fuera de sitio. Nunca vi una universidad parecida. Pero hay que entrar por una puerta y hay que salir por la otra. Hay incluso un señor que vigila que se haga correctamente.
 

Cristian Alcaraz
 

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