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La maravillosa
sensación de ir
a un sitio y
darte cuenta de
que no estás. No
hay nada de ti
allí todavía.
Todo es ajeno y
ligero, la vida
es sencilla y
sobretodo
posible (No la
complicaste
aún). Tu cara no
se refleja en
los escaparates.
No estás aún en
los bares. No
vas en ese
autobús. La ley
de la gravedad
no ejerce en
Chile. No
todavía.
Santiago es un
piso a estrenar
con su ilusiones
intactas. Sin
hipotecas. Las
calles son un
misterio y cada
viaje en metro
un desafío. La
maravillosa
sensación de
torcer en
cualquier
esquina y no
saber dónde
estás, de poder
ser otro y
cualquiera (Pero
todo lo que de
uno no llega en
el avión acaba
por llegar
igual. La
mediocridad y
los problemas
vienen a nado,
pero vienen.
Vendrán).
Estamos a
treinta grados y
las cimas de la
cordillera,
mentirosas,
aparecen
nevadas. Otra
vez los Andes.
Mientras me
enjabonaba en la
ducha, ¿qué
veía?: los
Andes. He meado
viendo los Andes
desde la
ventanilla del
lavabo de una
cafetería. Desde
la terraza donde
fumo en mi
departamento se
ven los Andes.
Vivo rodeado por
un majestuoso
suspenso en
geografía (nunca
supe bien dónde
estaban las
cosas, ni en los
mapas ni fuera
de ellos,
suspendí siempre
todas las
materias de
orden práctico).
Siento la
insistencia de
turista sobre
este asunto,
pero la
influencia de la
cordillera sobre
el paisaje y la
ciudad, y muy
especialmente
(supongo) sobre
el recién
llegado--el
impacto, el
descaro de su
inmediatez--me
descoloca. Diría
incluso que
tiene un efecto
vitamínico. Te
levantas viendo
esas cumbres y
te dan ganas de
invadir algo, de
cantar hasta la
afonía una
marcha militar.
Los grifos de
agua de la ducha
son de
ruedecilla y
están separados.
Uno para el agua
fría y otro para
el agua
caliente. Esto
es así y hay que
aceptarlo. Estas
cosas pasan. Dar
con la
combinación
adecuada para
conseguir una
temperatura de
agua razonable
es algo que se
me antoja más
allá de la
duración de mi
estancia en el
país. A medida
que el agua se
acerca al final
de la tubería
hace un ruido de
semental
dispuesto o de
tragedia
inminente, que,
por más veces
que lo oiga, me
provoca una
carcajada.
He conseguido
que el tío de
Cami me autorice
a fumar en mi
habitación. “He
conseguido” es
un resumen
injusto, por
escaso, de la
insistencia de
ametralladora
infalible a la
que le he
sometido. Él
también fuma,
pero por alguna
razón en esta
casa se fuma
sólo en la
terraza
(relaciono esta
prohibición, la
relaciono sin
pruebas, con el
hecho de que
hasta hace seis
meses Ricardo,
el tío de Cami,
viviera aquí con
su madre. Ella
falleció, así
que ahora,
lógicamente, ya
no viven
juntos--o eso
espero. Me da
por pensar que
la prohibición
es previa al
fallecimiento de
la madre, y que
ha sido asumida
por él como una
costumbre más de
la vida en el
departamento,
como almorzar en
el comedor o
pasear el perro
a media tarde.
En fin, que voy
a fumar en mi
pieza). Ricardo
ha transigido.
De hecho, ha
sido
encantadoramente
comprensivo
(parece serlo en
todo). Se lo
agradezco. Para
mí lo contrario
era motivo de
mudanza. Yo he
venido aquí a
escribir una
obra maestra
(puede que más
de una), y como
todo el mundo
sabe, las obras
maestras no se
escriben
saliendo a fumar
a la terraza, se
escriben entre
montañas de
humo,
destrozándote la
vista, la
espalda y la
salud, sin
levantar el culo
de la maldita
silla.
En mi nueva
habitación hay
un libro que
dice “quién
explica bien la
biblia” y unos
esquís con el
manguito
amarillo
fluorescente.
También hay un
ordenador del
tamaño de una
nevera, que ya
nadie usa, y que
es todo lo
rectangular y
aparatoso que
puede ser un
ordenador. Si lo
vaciáramos
podría servirme
de armario. La
cama donde
duermo se hunde
por tres puntos
distintos, pero
lo hace de una
forma
encantadora. Las
paredes son
azules y hay
familias de
ositos saludando
dibujadas. Los
ositos no
sonríen,
simplemente
saludan. Hace
unas horas
estaba en
Barcelona y
ahora estoy en
la comuna la
Reina, Príncipe
de Gales,
Santiago de
Chile. He oído
no menos de
veinte veces la
palabra hueón
desde mi
llegada. Mi
corrector de
Windows, creo yo
que con toda
justicia, da
como error
ortográfico la
palabra hueón.
Hay un perro en
la casa. Por la
forma en que
Ricardo abraza
al perro estoy
cada vez más
convencido de
que es gay.
Ricardo, quiero
decir. No le he
preguntado pero
creo que no
trabaja. Me
parece que vive
de los varios
alquileres a su
cargo en el
edificio (es un
edificio
familiar, en
varios
departamentos
hay parientes
suyos y otros
están sin más a
su cargo). De
ser así, me
parece de lejos
el mejor empleo
del mundo.
El perro es
pequeño y feo,
cariñoso cuando
le apetece y con
unos
inexplicables
(dado su
aspecto) aires
aristocráticos.
Parece todo el
día apunto de
pedir té y
pastitas, o de
ir a reñirte por
lo sucias que
llevas las uñas.
Es un perro
escandalosamente
mimado, con pose
y actitud de
tener una
pronunciación y
un vocabulario
de escuela
privada.
Ricardo tiene un
amaneramiento
comedido,
retentivo
incluso, como si
hubiera pactado
consigo mismo la
máxima
contención en
sus
desplazamientos,
más allá de las
posibilidades
que ofrezca el
espacio. Se pasa
el día limpiando
y me pide (me
exige) hacerme
él el desayuno.
Torradas con
mantequilla,
café y leche en
polvo, pan con
dulce leche (al
que aquí, con
toda justicia,
llaman manjar).
Me destrozaría
la dentadura de
nuevo y lo haría
a feliz si
quedara
encerrado para
siempre en un
almacén de dulce
de leche. Y esto
lo dice alguien
que está a la
espera de cinco
implantes
dentales y con
más fundas que
dientes sanos.
Mi primera
impresión de
Ricardo fue un
tanto ambigua,
pero cada vez
estoy más
convencido de
que vamos a
llevarnos bien.
Se nota que le
alegra tener
vida, gente,
movimiento, a su
alrededor y en
la casa; sabe
estar y
conversar; sabe
dejarte a tu
aire y no
molestar. Es
empático y
agradable.
Quiere a Cami
con locura y eso
siempre es buena
señal.
Por la noche he
ido al cine con
Cami. Hemos
visto una
película chilena
verdaderamente
mala. Super, se
llamaba. Aparte
de no gustarme,
he experimentado
a ratos la
curiosa
sensación de que
te hablen en tu
idioma y no
entender nada.
Hemos tomado un
vino en la
terraza de mi
departamento.
Hemos hablado de
los distintos
tipos de
ansiolíticos y
demás pastillas
para histéricos
que tomamos,
hemos hecho un
great hits de
ataques o
reacciones
nerviosas
memorables. Lo
he pasado en
grande. Casi
había olvidado
lo bueno que es
hablar con Cami,
la sensación de
descanso que
produce hablar
con ella.
Cristian Alcaraz
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