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Viajar es, por
encima de todo,
estarse quieto.
Viajar en avión
por lo menos.
Quieto sin más o
quieto en una
cola. Quieto a
diversas
distancias de un
mostrador de
facturación.
Quieto en los
controles de
seguridad.
Quieto en los
alrededores de
una puerta de
embarque. Quieto
y muerto de
miedo en el
interior de un
avión.
Me ha tocado
sentarme junto
una madre
colombiana de
edad
indeterminada
que viajaba con
su bebé en
brazos, pero no
ha sido
desagradable. No
voy a decir que
el niño fuera un
encanto: por
primera vez en
mis treinta y un
años de vida, el
exceso
farmacéutico con
el que embarqué
ha funcionado.
Todo sobre
ruedas. Incluso
el bebé parece
haberse
contagiado de mi
entumecimiento
voluntario. Todo
el avión, a
decir verdad, ha
flotado en algún
momento.
De un tiempo a
esta parte no se
me ocurre
ninguna razón
por la que no
debieran caer (
o explotar en el
aire o partirse
por la mitad)
cualquiera de
los aviones a
los que me subo.
Sentía algo dos
puntos por
encima del
pánico ante la
idea de pasar 17
horas encerrado
en dos aviones y
sin poder fumar.
Barcelona-Bogotá.
Bogotá-Santiago.
He salido ileso.
La programación
de películas
para el vuelo
también ayudó:
Las comedias
universitarias
dan sueño. Las
películas de Van
Damme (o de
gente que a lo
mejor no es
VanDamme pero
que se le parece
y que también da
patadas) dan
sueño. De hecho
ponen triste.
Mi amiga Sonia
me consiguió
diacepanes,
orfidales y
transiliums
suficientes para
invadir un país
pequeño por la
vía de la
anestesia, y
esta vez sí,
esta vez, qué
gusto decirlo,
funcionó. He
pasado la mayor
parte del viaje
bajo los efectos
de las diversas
posibilidades
combinatorias de
pastillas y vino
tinto; o lo que
es lo mismo: a
veces dormido, y
a veces algo
incluso mejor
(he visto flotar
azafatas, lo
cual es, de
lejos, lo mejor
que me ha pasado
nunca en un
vuelo).
Cuando hemos
aterrizado en
Santiago estaba
tan
profundamente
dormido, que si
hubiera
dependido de mí
habríamos dado
un par de
vueltas más por
el océano antes
de bajar.
Admito ahora que
he fumado un
cigarrillo no
entero y a
escondidas en un
lavabo del
aeropuerto de
Bogotá; y que la
mujer que pedía
las tarjetas de
embarque para el
vuelo a Chile ha
levantado
bruscamente la
cabeza y ha
dicho “quién
fumó aquí”; y
qué yo he
señalado a un
tipo trajeado
que se alejaba
por el pasillo
en la dirección
contraria.
Después de pasar
el control
policial en
Santiago (seis
de la mañana
hora chilena, ni
inspectores ni
pasajeros le
hemos echado
muchas ganas):
Avalancha de
taxistas--sujetando
entre las manos
carteles con la
palabra “taxi“,
de la misma
manera en la que
en España
sujetamos
carteles con
nombres y
apellidos.
Todos sin
excepción eran
el taxi más
barato de
Santiago. Todos
conocían la ruta
más rápida. ¿A
dónde? A donde
sea. No sólo
hablaban a la
vez si no que
hablaban con
todos a la vez.
No les he hecho
caso. ¿Porqué?
Por la misma
razón (qué
desagradable
admitirlo) por
la que no les
habría hecho
caso mi madre o
mi tía o mi
abuelo, o
generaciones y
generaciones de
desconfianza
transatlántica.
Aquí va: todos
hemos oído
historias. Esa
clase de
historias: el
país
sudamericano y
el recién
llegado europeo.
Vivos, listos,
oportunistas,
vagos,
aprovechados: te
la jugarán. A mi
primo Marcos le
robaron en el
aeropuerto de;
yo conozco a
alguien que
conoce a alguien
a quien le pasó
que; porque te
juro que es
verdad eso que
cuentan que;
porque en la
tele han dicho
que. En fin,
tres hurras por
el imaginario
colectivo.
Todo esto, de
más está
comentarlo,
conlleva
la--automática,
inevitable--puesta
en marcha de
mecanismos
internos de
culpa, con
líneas de
pensamiento en
torno a los
estereotipos, el
racismo, los
clichés y los
prejuicios
(Líneas de
pensamiento
atenuadas en
este caso por
los fármacos;
líneas de
pensamiento por
las que en
realidad pasamos
casi siempre de
puntillas).
Por lo demás, la
melé de taxistas
ha producido un
(curioso; breve;
con encanto)
efecto de
amontonamiento,
de voracidad
masculina o
inmediatez de
mercadillo. Todo
ello a pesar de
ser las seis de
la mañana, y de
que del avión
bajábamos cuatro
gatos, y que los
taxistas en
cuestión no eran
más de diez.
Durante treinta
o cuarenta
segundos,
parecíamos
muchos en un
lugar
abarrotado, y de
repente había
que ser rápido,
listo, acertar.
Mis orfidales y
yo debemos haber
resultado un
elemento
decorativo
extravagante, o
un contrapunto
cómico
extraterrestre.
He cogido un
transfer, como
me indicó Cami,
mi amiga
chilena, con
cuyo tío voy a
residir. No hay
buses de línea a
la comuna la
Reina desde el
aeropuerto, o
eso me han
dicho. Nadie más
iba en esa
dirección, así
que he ido solo
en el transfer y
me ha costado
una pasta, o lo
que a mí me ha
parecido una
pasta, a pesar
de estar
narcotizado y de
no aclararme en
lo más mínimo
con el cambio
entre euros y
pesos chilenos.
Me he ido con la
sensación de que
cualquiera de
los taxis más
baratos de
Santiago
amontonados a la
puerta habría
sido,
efectivamente,
más barato, sea
o no verdad.
Él conductor del
transfer no se
pone el
cinturón, así
que yo tampoco.
Conduce rápido,
pero seguro y
cómodo. Aumenta
el tráfico y el
no disminuye la
velocidad, y sin
que llegue a
variar un ápice
su conducción,
lo acabo
catalogando de
temerario. No
deja para nada
que la realidad
del tráfico
afecte su forma
de conducir.
Esto se hace así
y lo demás no me
interesa, no va
conmigo. Por lo
demás es un tipo
simpático,
conversador sin
ser pesado,
respetuoso con
mis silencios de
latino de sangre
adulterada y mis
maneras de
recién salido de
una operación.
Fumamos sin
parar en el
transfer (vengo
de mi encierro
anti-tabaco en
aviones y
aeropuertos, de
mis chicles de
nicotina y mis
ansiolíticos),
lo cual es una
bendición. Le
pregunto por la
Reina y por
Príncipe de
Gales, donde voy
a residir, y me
dice “bien, un
sitio tranquilo
y buena onda”,
pero se nota que
no cree en lo
que dice. En
lugar de GPS (o
lo que yo
entiendo por
GPS) el transfer
tiene incrustado
en el
salpicadero un
portátil
diminuto de
estos que no
tienen
reproductor de
DVD incorporado
y que abultan y
pesan lo mismo
que un libro de,
pongamos, Javier
Marías.
Las carreteras
de las afueras
de las grandes
ciudades, las
carreteras que
las rodean o que
llevan a sus
aeropuertos son
iguales en todas
partes. Lo son
al menos
aquellas que
recuerdo. No
distingo de
entrada estas
carretera de las
de Madrid o
Estocolmo o
Barcelona.
Excepto por un
detalle. Un
pequeño detalle:
Los Andes.
La sensación de
estar en
cualquier sitio
se anula, la
sensación de
estar en todas
esas partes
donde uno ya ha
estado, en
cualquiera de
ellas o en todas
a la vez
(monólogos de
carreteras
somníferas que
son el final de
cualquier viaje
largo) se
cortocircuita
ante la
presencia--poderosa,
tranquila y (al
menos de buena
mañana)
excesiva--de la
cordillera.
Esto es
distinto,
piensas, eso sí
que no estaba.
Si yo he estado
aquí, eso no
estaba.
Yo antes no he
estado aquí.
Cristian Alcaraz
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