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Cartas de amor.

 

Carta de amor de Timbalaye.

 

Desde la ventana de una rosa azul.

 

 

Desde la ventana de una rosa azul (Carta de amor inacabada)

 

La caída del pétalo de una rosa puede tener más jerarquía,

en medio de la vastedad callada del tiempo,

que el hundimiento de un continente.

 Salvador Garmendia (1928-2001)

 

Mara:

Adentro, de este lado de la pared, los rayos livianos del atardecer se detienen como hilos de licor dulce a través de la persiana, sobre la empecinada postura de mis dedos, envueltos en un aura de flores urbanas que bajo el tibio resplandor de la lámpara, recuperan esa sensación de lejanía que he ido conservando desde los jardines luminosos de la infancia, ubicados entre las paredes de mi habitación: ese territorio particular donde deambula la sombra del desvelo transformada en palabras; como si los Ángeles del crepúsculo vinieran desde afuera y poblaran los rincones donde se asienta el polvo y se confunden como fibras de colores: mis escritos a medio andar, libros de Salvador Garmendia, artículos de periódico, luminosas ocurrencias de Pedro León Zapata y canciones de Luis Enrique y Frank Quintero, que me trasladan en un desplazamiento íntimo hacia ese mundo que habita en algún lugar, bajo mi ropa mil veces lavada con tus olores.

 

“Pasaste por mi lluvia y no te pude ver

en el rojo del alba el azul de mis mañanas

flor en amarillo del polen de mis ansias

como un arco iris detrás de las nubes

lejos casi inalcanzable

me quedé en tus colores y en tus sabores

dame un poco de tu luz

como un arco iris, te extraño

como un arco iris, te busco”

 

Son casi las seis de la tarde, las aves vuelan a mil galopes de regreso al sur por un hilo antiguo e imaginario sobre la autopista. El Guaraira Repano, es una expresión indescriptible del universo que no logra escapar del suspiro continuo de las nubes, funiculares y avionetas. Es la hora precisa en que los escritores y las almas desnudas reencuentran en silencio el espíritu de la ciudad. Es la hora en que me arrimo a la ventana vestido de mil sensaciones, y en menos de una caída de párpados, un extraño perfume a pétalos me permite atrapar a Caracas en una línea de texto que se agita sobre los labios del viento. Surgiendo con el esplendor de un metal pulido, la suave tesitura de una frase que remueve el polvo y descuelga las ropas ajadas de la piel. Y me pregunto tantas cosas, como hurgando en los vericuetos de las calles, como buscando sobre las aceras la resonancia que resuma la angustia que hemos inventado y el significado de lo que representamos como humanidad.

 

¿Será ésta la misma ventana que se abre a la Grecia de olivos tocados con tenues pinceladas de plata, tal vez a la París de encuentros y desencuentros de amor, o quizás al Moscú de aguaceros de nieve y samovares de té caliente?: No sé, tendríamos que asomarnos desde una escritura sin bordes establecidos, como si dijéramos que escribir a mano, es también un aporrear de teclado para escribir un verso.

Pero en nuestro valle, esta región donde Salvador desbocó con la fuerza de un remolino su arriesgada e incisiva visión urbana: ¿Qué significado tienen aquellos labios de mujer ajenos a la sonrisa de una ilusión, o aquel niño que desconoce el aroma dulce que esconde un pupitre de escuela?

¿Qué significado tienen aquellas escenas capaces de entristecer el mediodía, esa palabra obstinada que se resiste al verso y produce el remiendo de una voz lejana que se pierde en el ir y venir de millones de rostros que transitan la ciudad con el reflejo de la batalla cotidiana atornillada en la memoria, como si se observaran a sí mismos en la lamina honda de un espejo nítido y tomaran prestados los cuerpos desgastados del maravilloso mural realizado por Zapata en la autopista Fajardo?

 

En este momento, un rayo de luz resbala en los cristales, puede que sea el eco encendido de dos ancianos que avanzan por la avenida tomados aún de la mano. Y no sé por qué se me viene la idea, que tal vez el tiempo, en una maniobra deslumbrante, haya realizado un movimiento acelerado de los años del que no pude percatarme, y estos seres que destilan amor, sean mis padres andando como siempre: Juntos.

 

Entrecierro los ojos para apartarme de los lugares más conocidos, y atravieso las paredes una y otra vez, tras la sospecha de tu presencia flotando en el aire. Dos pupilas pintadas de un negro luminoso, solo comparables con las primeras horas de la madrugada, que de un brinco espiritual me permiten encerrarme entre tus dedos, donde cada atardecer se viste de amor el vuelo de cien mariposas de piel azul. Y de solo pensarte vuelvo a ser “el beso que en el aire ha rozado tu mejilla y produce escalofrío sin saber de quién vendría”.

 

Pero es tiempo de continuar, adentro (...) se asoman adivinando mi rostro desde la mesa de trabajo: una carta de amor a punto de finalizar, una taza de café que ha vuelto ha enfriarse y un anillo de compromiso trenzado a una sobredosis de pálpitos e impaciencia que espera ser llevado en mi bolsillo de guerras ganadas, a su destino: Tú, “Alma Rosa”.

Y después de tantas horas, aún me sigo preguntando: ¿será Caracas una Rosa Azul?

  

Timbalaye

Caracas, 28 de Febrero de 2002 

AUTOR: JUAN CARLOS LINARES

Carta de amor de Timbalaye,.

    

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