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El Ejército
Unificado de
Liberación
Nacional, en el
que tan pocos
creyeron en sus
orígenes, hace
su entrada en el
Palacio
Presidencial.
Atrás quedan
años de lucha,
emboscadas y
camaradas
muertos en los
infiernos de la
selva. Los
últimos restos
de militares
fieles al
dictador,
atrincherados en
lo alto de la
escalera, son
abatidos.
Algunos se
desploman
barandilla abajo
al recibir los
impactos de las
ametralladoras,
otros caen
golpeando su
nuca contra cada
escalón. Los
bravos soldados
avanzan por el
segundo piso,
todo ojeras y
mal afeitados,
tan delgados
algunos que
llevan atado el
pantalón a la
correa del
fusil. Dejan
atrás, con la
mirada puesta
sobre un único
objetivo,
interminables
pasillos con
cuadros en honor
al dictador,
jarrones con
inscripciones en
oro y armeros de
otros siglos. De
una patada, el
joven cabecilla
de los
insurrectos
derriba la
puerta del
despacho
Presidencial.
Acomodado en el
sillón, frente a
su mesa de
marfil de
colmillo de
elefante, el
dictador les
mira, mordiendo
un descomunal
habano a punto
de consumirse.
Lo encuentran
más viejo que en
los retratos
oficiales y
bastante más
gordo, tiene la
incomprensión
marcada a fuego
en la cara. No
pudiendo
aguantarse las
ganas, el
cabecilla de los
insurrectos lo
manda fusilar
allí mismo. Lo
fusilarán de
nuevo horas más
tarde, atado a
un tronco en la
plaza Mayor,
para que todo el
mundo pueda
verlo. El líder
de los
insurrectos cae
rendido en el
sillón
presidencial,
con la mirada
perdida en un
futuro de
esplendor para
su nación.
Decenas de
familias,
asomadas a sus
ventanas y
cerraduras desde
primera hora,
salen a la
calle.
Encerrando
primero a los
niños, perdiendo
poco a poco la
prudencia,
llegando
finalmente a las
puertas del
Palacio
Presidencial. Se
extiende el
rumor de la
caída del
tirano, se
vuelve el rumor
comunicado
oficial, deriva
el comunicado en
Fiesta Nacional,
que se
prolongará por
tres semanas
enteras con sus
días y sus
noches. Los
hombres disparan
al aire y gritan
en tonos que
rompen los
vasos, las
mujeres enseñan
sus pantorrillas
subidas a las
mesas, moviendo
jarras de
cerveza que
salpican a
cuantos hay
alrededor. Un
reguero de gente
se extiende
desde el
despacho
presidencial
hasta la plaza
Mayor, bailando,
bebiendo y
tirando
sombreros y
pañuelos al
aire,
entremezclados
soldados y
campesinos,
campesinos y
soldados. Las
orquestas tocan
hasta caer
exhaustas,
borrachas o
desmayadas, y
son sustituidas
por otras
orquestas, que
tocan a su vez
hasta caer
exhaustas,
borrachas o
desmayadas. Es
difícil caminar
por los parques
sin pisar a las
parejas que se
rebozan por
entre el vino y
la hierba. En el
delirio de las
últimas horas,
cientos de
madres y padres
llevan a sus
hijos recién
nacidos ante el
Gran Cabecilla
Revolucionario,
para que bendiga
sus cabezas con
sus manos
libertadoras. Le
llevan a hombros
hasta el
Palacio, que
tiene todas las
ventanas
abiertas, todas
las luces
encendidas,
todos los aires
limpios y todos
los futuros
nuevos y puestos
en hora, le
suben al
despacho
presidencial.
Sin tiempo que
perder, rodeado
de los más
fieles de entre
sus antiguos
compañeros de
armas, se
dispone a
emprender la
reforma del
país. Se
desplaza en su
recién estrenado
vehículo
oficial,
explicando
campesino a
campesino que el
terror ha
terminado, que
las cosas van a
cambiar, que ya
nada nunca será
lo mismo y nunca
nada será igual.
Las gentes le
reciben
enfebrecidas de
dolor viejo y
esperanzas
aplazadas una y
otra vez,
hombres duros
como el roble
lloran, mujeres
y jóvenes
delgados se
desmayan. El
antiguo líder de
los insurrectos,
nuevo Presidente
de la Nación,
estrecha sus
manos y pasea
con ellos,
acepta sus
comidas escasas
y sus cenas
moribundas, en
cabañas tan
humildes que
parecen no
existir. Le
desespera ver
tanta pobreza
entre sus
compatriotas,
duerme poco y
como en un
abismo por las
noches, amanece
con fiebre y
acidez por las
mañanas. Semanas
después,
preocupado por
su salud,
retrasa hasta
nueva orden los
desplazamientos
en el vehículo
gubernamental, y
convoca a sus
conciudadanos a
una última
reunión frente a
Palacio, desde
cuyo balcón les
arenga a
permanecer
unidos, ahora
más que nunca y
para siempre,
luchando juntos
por un único
objetivo. Se le
enreda la
bandera nacional
en la cara por
un golpe de
viento,
perdiendo
involuntariamente
de vista al
pueblo que le
aplaude.
Se asfixia en
las reuniones de
ministros al oír
los informes del
estado del país,
se escapa para
dar vueltas en
círculo por los
interminables
pasillos con
efigies y
cuadros, en
frenéticas
carreras
solitarias con
el entrecejo
fruncido. Se le
retuerce la
acidez, que se
le vuelve fuego
en la sangre.
Una mañana lo
manda todo a
paseo. Las
estatuas que
pertenecieron al
antiguo tirano,
sus cuadros y
alfombras y
jarrones que le
oprimen y no le
dejan pensar. Lo
sustituye por
imágenes alegres
y acordes con
los nuevos
tiempos,
revolucionarias
y
esperanzadoras,
si bien se
muestra
disconforme con
la forma y el
tamaño de su
nariz en los
retratos
oficiales. Pasa
largas horas
encerrado en el
despacho
presidencial,
entre informes
que se muerden
la cola y
propuestas
ministeriales,
hace ampliar y
decorar a su
gusto la
estancia para
dormir en su
lugar de
trabajo. Cada
día más, le
parte el corazón
salir a la
calle, sólo se
ve miseria,
suciedad y
quejas para las
que aún no tiene
respuesta.
Apenas sale ya
al balcón,
procura evitar a
sus ministros y
mantiene las
ventanas
cerradas a todas
horas del día.
Por si fuera
poco, la madera
de la mesa donde
escribe sus
informes cruje,
las cortinas son
viejas y dejan
pasar la luz, el
calzado
presidencial le
hace roces en el
talón y el
meñique y la
cadena del váter
hace un ruido
insufrible que
le desconcentra
y le aleja de
los problemas
del pueblo.
Se hace instalar
un gimnasio,
porque tanto
dolor le deja
mustio y debe
estar en forma
si quiere serle
útil a las
masas, y harto
de la acidez, se
manda traer a
los mejores
cocineros
franceses, para
que le mantengan
en la correcta
línea de
alimentación. No
hace uso del
gimnasio salvo
para pasear por
su interior
contemplando las
máquinas de
tecnología
alemana y los
monitores
ingleses de
mandíbula
cuadrada que le
esperan junto a
la puerta, si
bien a cada
despertar,
mirándose de
perfil frente al
espejo, se dice:
«Mañana mismo
empiezas,
cabronazo,
mañana a más
tardar.»
Un mediodía
seco, durante
uno de sus
frenéticos
paseos en batín
y zapatillas por
su zona de uso
exclusivo del
segundo piso,
escucha un ruido
nuevo, una
perturbación
nueva, una nueva
desconcentración.
Parece provenir
del piso de
abajo, cercano a
la calle, pues
lo oye muy
lejano.
Venciéndole la
curiosidad,
quién será que
le interrumpe,
recorre
estancias,
atraviesa
salones y baja
escaleras.
Observa en
cuclillas
patrióticas
desde detrás de
la cerradura de
la puerta de
acceso al
recibidor.
Decenas de manos
golpean con
fuerza la puerta
principal. Uno
de los
mayordomos abre,
es un grupo de
campesinos con
sus hijos y
esposas, con sus
quejas y
reproches,
quieren ver a su
señoría a la
mayor brevedad.
Ingratos no
representativos
de una amplia
mayoría
nacional, se da
cuenta él
enseguida tras
la cerradura,
que aquí está él
partiéndose el
alma por ellos y
así se lo
agradecen,
quejándose a la
puerta de su
casa y
manchándole la
alfombra del
recibidor.
Enrojecido y
apretado, sube
corriendo hasta
su despacho, se
encierra y le da
un golpe a la
mesa con el puño
al rojo vivo,
cuyo eco
recorrerá
estancias,
removerá las
cortinas y se
expandirá sin
demora por los
confines del
país.
Le comenta su
médico personal,
con el lápiz
temblándole
entre los dedos,
que debería
pensar en
cuidarse el
creciente
sobrepeso,
Presidente,
podría ser
peligroso. Él
asiente con un
gesto breve y
reiterativo,
mirándole el
reverso del
cuello al
médico. Qué fiel
y servicial nos
fue este doctor,
piensa, cuánto
bien le hizo a
la Patria, qué
sorpresa y
cuánta pena que
lo encontraran
cuarenta y ocho
horas después
junto a
documentos que
lo implicaban en
reuniones
ilícitas,
desfalcos,
traición al
pueblo y cosas
peores. Tiene
que mandarlo
fusilar,
tristeza le da
siendo un médico
tan bueno, que
pase el
siguiente a ver
si éste nos sale
un poquito más
patriota. Los
golpes de las
manos en la
puerta de
Palacio se
vuelven tan
insistentes,
resuenan tanto
en la soledad de
su búsqueda de
soluciones, que
tiene que
encerrar a
algunos de los
campesinos en
los calabozos y
prisiones de la
ciudad. Pero a
las pocas
semanas ya no le
caben, y llegan
aún más armando
jaleo, se le
agolpan a la
entrada con sus
familiares y
amigos «como si
fuera esto una
barbacoa de
domingo», tiene
entonces que
mandarlos
fusilar, que es
que le hacen
tanto ruido que
no le dejan
pensar en cómo
salvarlos.
Llegan rumores
de reuniones de
gentes no afines
al régimen en
los límites del
país, granjeros
que reclutan
jóvenes para
dificultarle aún
más el hacer
funcionar esta
nación en
ruinas. Pueblo
de
desagradecidos
de mierda,
piensa, país no
representativo
de una amplia
mayoría
nacional, que no
se jugó él la
vida y la de los
suyos en la
selva para que
se la cambien
ahora por tanta
ingratitud, que
no se parte el
alma a diario
pensando en cómo
sacarlos a flote
para que se le
revuelvan a la
contra. Manda al
ejército a
peinar los
campos y las
ciudades, a
pegarle dos
tiros a
cualquiera que
tenga una
conducta
antipatriótica,
o una cara
antipatriótica,
o lo que sea
pero
antipatriótico.
Su decisión no
sólo no aplaca a
los rebeldes, si
no que le
aparecen cada
vez más. Allí
donde antes sólo
había fieles le
crecen líderes
revolucionarios
barbudos, se le
reúnen en
cabañas en
campos alejados
de su mano, se
ponen nombre de
ejércitos
salvadores
haciendo un uso
impropio de las
mayúsculas del
idioma de la
Patria, provocan
una sangrienta
guerra de
guerrillas en
todas las zonas
abiertas del
país. Y da igual
a cuántos maten
sus fieles
soldados en los
bosques, cuántas
emboscadas
tiendan, cuántos
familiares les
hagan perecer
como
escarmiento. Le
aparecen siempre
más de donde
antes no los
había, y se van
ganando con los
meses las
simpatías del
pueblo, que les
alimenta en sus
casas y les da
por donde huir,
aparecen
folletos y
proclamas en su
contra debajo de
todas las camas
de todas las
casas que ordena
registrar. Tiene
que fusilar a
antiguos
compañeros de
armas, porque
tanta
infraestructura
éstos no la
consiguieron
solos, qué
disgusto y
cuánta tristeza
matar de su
propia mano y de
cuarenta
disparos a
viejos
camaradas. Manda
disponer a sus
mejores soldados
a proteger el
Palacio
Presidencial,
máximo exponente
de la autoridad
de la Patria, a
medida que
avanza el rumor
de que los
traidores vencen
poco a poco en
pueblos y
ciudades, que
los traidores se
hacen fuertes
con el tiempo,
que están
llegando a las
mismísimas
puertas de la
capital.
Una mañana, los
rebeldes hacen
su entrada en
palacio. Los
últimos restos
de militares que
le son fieles
defienden al
legítimo
presidente desde
lo alto de la
escalera. Caen
sin remedio
desangrándose
por entre el
mobiliario y los
electrodomésticos
de última
generación.
Avanzan los
infieles
recorriendo
estancias y
pasillos, y con
la mirada puesta
sobre un único
objetivo,
derriban sin ni
siquiera llamar
antes la puerta
de su despacho.
Rojo de ira, les
mira desde
detrás de la
mesa
presidencial.
Pandilla de
desagradecidos
que ni se dan
cuenta del mal
que le hacen al
país, piensa, un
instante antes
de que el líder
de los
insurrectos, no
pudiendo
aguantarse las
ganas, levante
el brazo para
dar la orden
definitiva. Lo
fusilarán de
nuevo horas más
tarde, atado a
un tronco en la
plaza Mayor,
para que todo el
mundo pueda
verlo.
Cristian Alcaraz
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